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¿QUÉ EVIDENCIÓ LA TORMENTA RACHEL EN ENSENADA Y BAJA CALIFORNIA?

Por Javier García Camarena
Bastaron unas cuantas horas de lluvia intensa para que la tormenta Rachel pusiera al descubierto problemas que Ensenada, Tijuana y buena parte de nuestra región vienen arrastrando desde hace décadas. La naturaleza hizo lo suyo, pero también exhibió nuestras omisiones, irresponsabilidades y una preocupante falta de planeación urbana.
En Ensenada, particularmente, las consecuencias fueron devastadoras. Familias damnificadas, viviendas destruidas, vehículos arrastrados, infraestructura dañada y, lo más doloroso, vidas humanas perdidas. Y surge una pregunta inevitable: ¿qué habría sucedido si las lluvias intensas hubieran continuado durante dos o tres días?
Aquí tenemos un monstruo de muchas cabezas, un pulpo de numerosos tentáculos.
Uno de los problemas más graves es el de las invasiones de terrenos. Personas que, siguiendo a supuestos líderes sociales o políticos, terminan estableciéndose cerca de presas, cauces de ríos, arroyos, laderas inestables o terrenos conocidos popularmente como mazapán.
Estos falsos líderes, que en ocasiones se aprovechan de la necesidad de las familias, llegan a vender terrenos que ni siquiera les pertenecen, ya sean propiedades particulares o áreas de jurisdicción federal. Les ofrecen protección, les prometen seguridad y les aseguran que nada malo sucederá.
¿Dónde están esos líderes cuando llega la tragedia? ¿Quién responde por las familias que perdieron su patrimonio?
Lo más preocupante es que muchas veces las advertencias existen. Protección Civil, autoridades de los distintos niveles de gobierno, periodistas y medios de comunicación señalan los peligros de establecerse en esas zonas. Sin embargo, hay quienes prefieren escuchar las promesas de un falso líder antes que atender las recomendaciones oficiales.
Pueden pasar diez, quince o veinte años sin que suceda nada. Pero cuando las montañas descargan grandes cantidades de agua, los arroyos recuperan sus cauces naturales y arrastran piedras, árboles, vehículos y viviendas enteras.
La naturaleza no reconoce escrituras, bardas, invasiones ni promesas políticas.
Pero tampoco podemos ignorar a quienes comercializan terrenos sin garantizar las condiciones necesarias de seguridad, legalidad y uso de suelo. Y no hablamos exclusivamente de asentamientos irregulares. También debemos revisar fraccionamientos y desarrollos inmobiliarios, incluso algunos de lujo, donde se ofrecen propiedades a precios exorbitantes, en ocasiones cinco o diez veces superiores al valor original del terreno, sin que necesariamente exista información suficiente sobre sus riesgos.
Hablamos de desarrollos con frente de playa, expuestos a fuertes oleajes, marejadas, tormentas tropicales e incluso tsunamis; de construcciones cercanas a laderas y escurrimientos provenientes de las montañas, o sobre terrenos porosos e inestables, conocidos popularmente como mazapán. ¿Dónde están los estudios geotécnicos, de uso de suelo y de impacto ambiental antes de autorizar desarrollos de 70, 100 o 200 viviendas?
Porque aquí también pueden engañar a quienes tienen dinero. Familias que invierten millones de pesos creyendo adquirir seguridad, exclusividad y plusvalía, para después encontrarse con viviendas inundadas, filtraciones constantes, daños estructurales o el temor de tener que desalojar cuando el mar, las lluvias y los escurrimientos amenazan simultáneamente su patrimonio. La irresponsabilidad inmobiliaria, cuando existe, puede perjudicar tanto al pobre como al rico.
Hay otro problema que merece una reflexión profunda: ¿dónde está la infraestructura que Ensenada debió comenzar a desarrollar desde hace varias décadas?
¿Por qué seguimos sin contar con suficientes canalizaciones, colectores pluviales y obras de protección? ¿Por qué se privilegia tantas veces la obra visible mientras la infraestructura enterrada, la que no luce en fotografías ni inauguraciones, continúa siendo una necesidad pendiente?
Y luego estamos nosotros, los ciudadanos.
Los mismos que arrojamos colchones, llantas, muebles, plásticos, cartones y toneladas de basura a calles, arroyos, barrancos y laderas. Después llega la lluvia, arrastra esos desperdicios, obstruye alcantarillas y agrava las inundaciones. ¿Con qué autoridad moral exigimos una ciudad limpia y segura si contribuimos diariamente a destruirla?
También debemos atender la ocupación de cauces, debajo de puentes y otras áreas peligrosas, donde se acumulan residuos y pueden producirse daños a la infraestructura. Es un problema que requiere intervención social, prevención y aplicación de la ley, no solamente desalojos improvisados después de cada emergencia.
Hoy, a la presidenta municipal de Ensenada, Claudia Agatón Muñiz, le corresponde enfrentar las consecuencias de décadas de omisiones, descuidos y decisiones equivocadas que se acumularon mucho antes de su administración. Sería injusto responsabilizarla de problemas que tienen tantos años sin resolverse. Sin embargo, ahora tiene en sus manos la responsabilidad de encabezar las gestiones, las acciones preventivas y las soluciones que nuestra ciudad necesita, con el respaldo de los gobiernos estatal y federal.
Ensenada necesita dejar de administrar emergencias y comenzar a prevenir tragedias. Necesitamos revisar los usos de suelo, impedir la comercialización irregular de terrenos peligrosos, recuperar cauces, limpiar arroyos y construir infraestructura pluvial verdaderamente funcional.
Rachel nos dejó una dolorosa advertencia. Y sería imperdonable esperar otra tragedia para volver a discutir exactamente lo mismo.
Porque cuando llueve poco, nos confiamos. Pero cuando finalmente llueve con toda su fuerza, descubrimos que no estábamos preparados.
La responsabilidad tiene muchas cabezas: autoridades, falsos líderes, vendedores, desarrolladores y ciudadanos. Y mientras todos sigamos señalando al de enfrente, el agua seguirá encontrando los mismos caminos y cobrando las mismas consecuencias.
Javier García Camarena

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