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El enojo del poder como reflejo del hartazgo social

Políticamente Incorrecto
El llamado de atención público de la presidenta Claudia Sheinbaum hacia legisladores de su propio partido —pidiéndoles trabajar y dejar de correr detrás de la foto— fue mucho más que una escena anecdótica. Fue un síntoma. En su gesto de molestia no se manifestó únicamente el fastidio de una jefa de Estado frente a la indisciplina de su bancada; se coló, de manera nítida, el cansancio profundo de una sociedad que observa cómo la política se convirtió en un espectáculo de simulación, vanidad y despilfarro. El enojo presidencial no nace en el vacío: es apenas un reflejo del hartazgo colectivo frente a una clase política cada vez más costosa, improductiva y desconectada de la realidad.
La reprimenda apunta al rostro más visible de un problema estructural: la degradación del servicio público en una pasarela de egos y ambiciones personales. Lo que alguna vez fue —con todas sus limitaciones— una vía para canalizar demandas sociales, hoy parece un ecosistema donde el éxito se mide en exposición mediática, cercanía con el poder y ostentación sin pudor. Gobernar pasó a segundo plano; figurar se volvió prioridad.
Los nuevos protagonistas de la política dominan el arte de la promesa hueca. Dicen una cosa en campaña y hacen exactamente la contraria al ejercer el poder. Administran con torpeza, comunican con cinismo y actúan como si la ciudadanía no recordara, no comparara y no cobrara factura. Sustituyeron los principios por alianzas empresariales opacas y, en su versión más oscura, por vínculos con estructuras criminales que financian campañas y aseguran protección. Resolver problemas dejó de ser el objetivo; hoy la meta es salir en la foto correcta, acumular poder, riqueza e impunidad.
El desgaste no es solo ético; es económico y tangible. La indignación ciudadana tiene fundamento cuando se habla del alto costo de sostener a esta clase política. Cada cargo inflado, cada oficina duplicada, cada salario sobredimensionado representa recursos que no llegan a hospitales, escuelas o infraestructura básica. Es una transferencia constante de dinero público hacia una élite política que vive mejor cuanto peor funcionan las cosas para la mayoría.
El ciudadano no solo paga impuestos para mantenerlos; paga también el precio de lo que ese dinero pudo haber construido. Un hospital que no existe, una escuela deteriorada, un programa social ineficaz. Esa es la raíz del enojo: sueldos exorbitantes a cambio de resultados mediocres, acompañados de una ostentación que profundiza la desigualdad y la desconfianza.
La molestia de la presidenta es comprensible. Su regaño deja ver que una parte de su propio proyecto se erosiona desde dentro, saboteada por la inercia, la mediocridad y la voracidad de quienes deberían sostenerlo. Sin embargo, el gesto —por contundente que parezca— no basta. El hartazgo social, del cual su enojo es solo una expresión tenue, exige algo más que llamados de atención. Exige depuración, rendición de cuentas real, castigo a la ineficiencia y a la corrupción, y una revisión profunda del costo y los privilegios de la política.
La verdadera prueba no será si logra que dejen de perseguir la foto, sino si existe la voluntad de desmontar el sistema que produce y recicla a estos políticos, y de sustituirlo por uno donde el servicio público vuelva a ser eso: servicio, no botín.
Estamos en un punto de definición. O la clase política —empezando por quienes hoy gobiernan— entiende que su legitimidad está agotándose y asume una transformación auténtica, o el hartazgo que hoy conecta al poder con el ciudadano común puede derivar en expresiones de descontento mucho más severas e impredecibles. La paciencia social no es infinita. El reloj ya está corriendo.

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