El político que México necesita con urgencia
México no necesita solamente mejores candidatos. Necesita mejores seres humanos ejerciendo el poder.
Hombres y mujeres que entiendan que llegar a una presidencia municipal, una diputación, una senaduría, una gubernatura o cualquier cargo público no significa haber alcanzado el éxito personal. Significa haber recibido temporalmente una enorme responsabilidad.
Porque existe una diferencia fundamental entre un político exitoso y un político que construye una sociedad exitosa.
El primero puede ganar elecciones, acumular poder, colocar amigos, aumentar su patrimonio, aparecer todos los días en fotografías y construir una carrera de veinte o treinta años.
El segundo deja algo mucho más difícil de fabricar: una ciudad mejor que la que recibió, instituciones más fuertes, ciudadanos con mayores oportunidades y una sociedad capaz de seguir avanzando incluso cuando él o ella ya no esté en el cargo.
Ese es el perfil político que México —y Baja California como parte de México— necesita con urgencia.
1. Una persona que no llegue con hambre de enriquecerse
El servicio público no debería ser utilizado como un elevador económico personal.
Quien llega al gobierno pensando primero en cuánto puede ganar, qué negocios puede conseguir, a quién puede favorecer o cómo garantizar su futuro económico ya comenzó mal.
Necesitamos personas que puedan mirar el presupuesto público y entender algo elemental:
ese dinero no es suyo.
Es del trabajador que paga impuestos. Del comerciante. Del empresario. De la madre de familia. Del profesionista. Del joven que compra algo y paga IVA. De millones de mexicanos que todos los días aportan una parte de su esfuerzo al funcionamiento del país.
Administrar dinero público debería sentirse como administrar dinero ajeno: con enorme responsabilidad.
2. Inteligencia, pero acompañada de equilibrio emocional
México necesita políticos inteligentes, preparados y capaces. Pero la inteligencia académica no basta.
Necesitamos también inteligencia emocional.
Una persona incapaz de controlar su ego puede convertirse en un peligro cuando recibe poder.
El político maduro escucha críticas sin convertir automáticamente al crítico en enemigo. Puede reconocer un error. Tolera la frustración. Sabe negociar. No necesita humillar para demostrar autoridad y no confunde obediencia con lealtad.
El poder amplifica la personalidad.
Por eso importa tanto saber quién es la persona antes de entregarle poder.
3. Que conozca la calle, no solamente las oficinas
Un gobernante debería conocer las colonias populares, los mercados, las fábricas, los campos agrícolas, las escuelas, los hospitales, los pequeños comercios y las comunidades alejadas.
Pero conocerlas de verdad.
No únicamente durante una campaña electoral.
Hay una diferencia enorme entre visitar una colonia durante veinte minutos acompañado de fotógrafos y comprender cómo vive una familia que tarda dos horas en transportarse, que no tiene pavimento, que espera meses por atención médica o que tiene miedo de cerrar su negocio porque puede ser víctima de un delito.
Gobernar exige territorio.
4. Que se rodee de gente capaz, no solamente de gente leal
Uno de los grandes errores del poder es premiar obediencia por encima de capacidad.
Un buen gobernante necesita personas que alguna vez sean capaces de decirle:
“Estás equivocado.”
Si todos alrededor del gobernante le dicen que sí, algo está funcionando mal.
México necesita servidores públicos capaces de contratar especialistas mejores que ellos mismos, escuchar científicos, ingenieros, médicos, urbanistas, economistas, maestros, policías, empresarios, trabajadores y organizaciones sociales.
La política no debería saberlo todo.
Debería saber a quién escuchar.
5. Que piense más allá de la próxima elección
Muchos problemas mexicanos requieren diez, quince o veinte años para resolverse.
Agua.
Movilidad.
Seguridad.
Educación.
Infraestructura.
Desarrollo urbano.
Medio ambiente.
Productividad.
Salud.
Pero nuestra política frecuentemente piensa en periodos electorales.
Necesitamos gobernantes capaces de sembrar árboles bajo cuya sombra probablemente nunca se sentarán.
Eso también es liderazgo.
6. Que genere riqueza, no solamente que administre pobreza
Un gobierno socialmente responsable debe ayudar a quien atraviesa una situación vulnerable.
Pero su objetivo final debería ser que cada vez menos personas necesiten ayuda para sobrevivir.
Una sociedad verdaderamente exitosa necesita educación, capacitación, inversión, seguridad jurídica, infraestructura, empleos bien remunerados, emprendimiento y condiciones para que alguien que nació con poco pueda construir mucho.
La gran política social no consiste solamente en repartir.
Consiste también en crear condiciones para producir, crecer y prosperar.
7. Que entienda que empresarios y trabajadores se necesitan mutuamente
México ha perdido demasiado tiempo enfrentando artificialmente a sectores que deberían colaborar.
No existe empresa sin trabajadores.
Pero tampoco existen trabajadores sin actividad productiva, inversión y empresas capaces de generar empleos.
El político moderno debería sentar en la misma mesa al pequeño comerciante, al gran empresario, al trabajador, al campesino, al profesionista, al académico y al emprendedor.
El desarrollo verdadero ocurre cuando una sociedad comienza a comprender que prosperar juntos produce más que destruirnos entre nosotros.
8. Que tenga empatía, pero también carácter
La sensibilidad social no significa debilidad.
Un gobernante necesita escuchar y comprender el sufrimiento humano, pero también debe tomar decisiones difíciles.
Debe tener carácter para enfrentar corrupción, crimen, intereses económicos abusivos, burocracias ineficientes y también integrantes de su propio grupo cuando actúan incorrectamente.
El político que solamente es fuerte contra sus adversarios no necesariamente tiene carácter.
Carácter es aplicar la misma vara a los amigos y a los enemigos.
9. Que no divida permanentemente a la sociedad para conservar poder
La confrontación puede ganar elecciones.
Pero difícilmente construye países.
México tiene diferencias políticas, económicas, culturales, regionales y sociales profundas. Precisamente por eso necesita liderazgos capaces de construir acuerdos sin exigir que todos pensemos igual.
Un presidente municipal, gobernador o presidente no gobierna solamente para quienes votaron por él.
Gobierna también para quienes votaron en contra.
Esa sencilla idea representa una de las formas más profundas de entender la democracia.
10. Que pueda explicar qué cambió después de gobernar
Aquí debería comenzar nuestra nueva forma de evaluar a los políticos.
No solamente preguntar:
¿Cuántas elecciones ganó?
¿Cuántos seguidores tiene?
¿Cuántos eventos encabezó?
¿Cuántas fotografías publicó?
Deberíamos preguntar:
¿Bajó la inseguridad?
¿Mejoraron las calles?
¿Llegó inversión?
¿Aumentaron los empleos?
¿Mejoraron los servicios?
¿Hay más agua?
¿Funcionan mejor las instituciones?
¿Los niños reciben mejor educación?
¿Las familias tienen mayores oportunidades?
¿La ciudad quedó financieramente más sana?
¿Vivimos mejor después de que gobernó?
Esa debería ser la verdadera boleta de calificaciones.
11. Que entienda que el poder es prestado
Quizá ésta sea una de las características psicológicas más importantes.
El político sano entiende que un día regresará a su casa.
El cargo termina.
Los escoltas se van.
Las oficinas cambian de dueño.
Los teléfonos dejan de sonar.
Y las personas que durante años dijeron “sí, señor” o “sí, presidenta” comenzarán a llamar de esa manera a alguien más.
Quien comprende eso gobierna diferente.
Porque entiende que el poder no le pertenece: solamente se lo prestaron los ciudadanos durante algunos años.
12. Que deje instituciones, no una corte personal
Los malos gobiernos necesitan que el gobernante permanezca para que todo funcione.
Los buenos gobiernos construyen sistemas capaces de funcionar cuando el gobernante se marcha.
Policías profesionales.
Finanzas ordenadas.
Planes urbanos.
Servicios eficientes.
Funcionarios capacitados.
Transparencia.
Reglas claras.
Instituciones fuertes.
El mejor legado político no debería ser una estatua, una fotografía gigantesca o el nombre de alguien colocado en una obra.
Debería ser una institución que siga funcionando veinte años después.
13. Y, sobre todo, una persona que conserve conciencia
Podríamos exigir títulos universitarios, experiencia, inteligencia, preparación técnica, capacidad administrativa y liderazgo.
Todo importa.
Pero existe algo todavía más profundo:
conciencia.
Conciencia para recordar que detrás de una estadística existen personas.
Que detrás de una calle destruida hay alguien que trabaja y paga impuestos.
Que detrás de un hospital saturado existe una familia angustiada.
Que detrás de una empresa que cierra desaparecen empleos.
Que detrás de una decisión equivocada del gobierno puede cambiar la vida de miles de seres humanos.
México necesita políticos capaces de acostarse por la noche y preguntarse:
“¿Lo que hice hoy benefició realmente a la gente que me dio esta responsabilidad?”
Porque quizá hemos confundido durante demasiado tiempo el éxito político con ganar elecciones.
No son lo mismo.
Un hombre o una mujer puede ser extraordinariamente exitoso en la política y dejar detrás una sociedad empobrecida, endeudada, insegura o dividida.
Eso no es liderazgo.
Es éxito personal construido sobre fracaso colectivo.
El político que necesitamos ahora debería aspirar exactamente a lo contrario:
que cuando termine su gobierno quizá él no sea más rico, quizá no sea más poderoso y quizá ni siquiera conserve el siguiente cargo… pero que su comunidad sí sea más rica, más segura, más educada, más libre y con mayores oportunidades.
Ese debería ser el nuevo perfil.
No necesitamos salvadores.
Necesitamos servidores públicos emocionalmente equilibrados, técnicamente capaces, socialmente conscientes, éticamente firmes y suficientemente humildes para comprender que gobernar no consiste en lograr que un pueblo dependa de ellos.
Consiste en ayudar a construir una sociedad que algún día ya no los necesite.
Porque al final, el verdadero éxito de un político no debería medirse por cuánto creció él durante su gobierno.
Debería medirse por cuánto crecimos todos mientras él o ella tuvo el privilegio de gobernar.

