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¿El mar de Ensenada se puede disfrutar? Sí, pero con extremo cuidado Por Javier G. Camarena

La muerte de dos hombres, de 28 y 58 años, el pasado fin de semana en Cactus Beach nos vuelve a recordar algo que quienes vivimos en Ensenada no debemos olvidar: tenemos playas hermosas, pero también tenemos un mar que merece respeto. Mucho respeto.
Y quiero dejar algo claro desde el principio. Este artículo no busca culpables.
Hay salvavidas, hay operativos de Bomberos, hay rescates y hay hombres y mujeres que arriesgan incluso su propia vida para sacar a otras personas del mar. Su trabajo debe reconocerse.
Pero las mismas cifras oficiales nos dicen que tenemos que ser extremadamente cuidadosos.
Entre el 17 de julio y el 9 de agosto de este año, alrededor de 140 mil 500 personas visitaron las playas de Ensenada. En ese periodo, salvavidas realizaron 2 mil 763 acciones preventivas para retirar personas de zonas consideradas peligrosas por las corrientes de retorno.
Además, realizaron 15 rescates en los que fueron auxiliadas 31 personas.
Son números que deberían hacernos pensar.
Y existe otro dato que da sustento histórico a esta preocupación. Una revisión hemerográfica de aproximadamente los últimos diez años permite documentar al menos una decena de personas fallecidas o desaparecidas después de ingresar al mar en diferentes playas del municipio de Ensenada.
No pretendo presentar esa cantidad como una estadística oficial definitiva. Seguramente existen casos que no aparecen fácilmente en los archivos periodísticos disponibles. Pero los registros encontrados se repiten a través de los años en lugares como Playa Hermosa, La Misión, La Salina, la Bahía de Ensenada y otras zonas de nuestro litoral.
Tan sólo durante 2026, diferentes medios han documentado la muerte de un joven de 24 años en Playa Hermosa, una mujer de 54 años en Baja Season y ahora dos hombres, de 28 y 58 años, en Cactus Beach.
No son estadísticas frías.
Son personas. Son familias.
Y no necesariamente tenemos que contar muertos durante diez años para entender que existe un riesgo. A veces una cifra como esas 2 mil 763 intervenciones preventivas en unas cuantas semanas nos dice mucho más.
En playas como La Misión, La Salina, Playa Hermosa, Pacífica, Cactus, Monalisa y otras zonas de nuestro extenso litoral se han realizado durante años rescates, advertencias y operativos preventivos. Entiendo que son más las víctimas de la imprudencia y la desgracia.
Y las corrientes de retorno son reales.
Este mismo año han sido detectadas y señalizadas por los propios cuerpos de rescate. Personas han tenido que ser auxiliadas después de quedar atrapadas en ellas.
Por eso creo que debemos preguntarnos, sin politizar una tragedia y sin buscar a quién señalar:
¿Podemos hacer todavía más?
Creo que sí.
Tal vez necesitamos muchos más anuncios de advertencia, grandes, visibles y permanentes. Señalamientos que no solamente digan “peligro”, sino que expliquen al visitante qué es una corriente de retorno y qué debe hacer si queda atrapado en una.
Tal vez necesitamos mapas sencillos que indiquen cuáles son las zonas de mayor riesgo.
Más banderas. Más información en hoteles, restaurantes y negocios turísticos. Campañas permanentes en redes sociales durante primavera y verano. Y, por supuesto, analizar si en los días y horarios de mayor afluencia es posible fortalecer todavía más la presencia de salvavidas.
Porque hay otro dato que dimensiona el tamaño del reto: en algunos fines de semana decenas de miles de personas pueden acudir a nuestras playas.
Y ningún cuerpo de salvavidas puede estar detrás de cada bañista.
También existe una responsabilidad personal y familiar.
Aquí voy a hablar ya no solamente como comunicador, sino como padre.
Yo les digo a mis hijos que tengan mucho cuidado con el mar de Ensenada. Muchísimo cuidado.
Personalmente prefiero que disfruten la playa, que caminen, jueguen con una pelota, lleven a sus perros, convivan, disfruten de la arena y sientan el agua en los pies a la orilla de la playa.
Pero me preocupa que se internen en el mar.
Y aquí quizá voy a ser más estricto: si una persona no tiene una buena condición física, experiencia en el mar, capacidad para mantener la calma ante una emergencia y conocimiento de las corrientes, me parece mucho más prudente quedarse a la orilla y disfrutar desde ahí.
No hay absolutamente nada de malo en disfrutar la arena y dejar que el agua apenas nos moje los pies.
Quizá algunos pensarán que exagero.
Puede ser.
Es la preocupación de un padre.
Pero cuando uno conoce los rescates que se realizan y observa las cifras oficiales, entiende que este no es cualquier mar.
Una corriente no pregunta si eres joven, fuerte, deportista o buen nadador. Y estar en excelente condición física tampoco garantiza estar a salvo. Cuando el océano jala, puede hacerlo con una fuerza que muchas personas simplemente no conocen hasta que ya están dentro.
Por eso esta reflexión tampoco puede recaer solamente en el Gobierno Municipal.
Nos corresponde a todos.
A las autoridades, fortaleciendo prevención y señalización.
A los medios de comunicación, informando antes de las tragedias y no solamente después.
A hoteles y prestadores de servicios turísticos, advirtiendo a quienes nos visitan.
A los padres de familia, hablando con nuestros hijos.
Y a quienes entramos al mar, entendiendo que una bandera roja no está de adorno y que una indicación de un salvavidas tampoco es una exageración.
Ensenada tiene un litoral extraordinario. Es parte de nuestra identidad, de nuestra economía, de nuestro turismo y de nuestra vida.
No se trata de tenerle miedo al mar.
Se trata de respetarlo.
Y si una señal más grande, una campaña preventiva, un salvavidas adicional, una bandera colocada oportunamente o simplemente una conversación entre padres e hijos puede evitar que otra familia regrese de la playa incompleta, entonces vale la pena hacerlo.
Porque después de una tragedia todos preguntamos qué pudo haberse hecho.
Quizá la mejor pregunta sea hacerla antes:
¿Qué podemos hacer entre todos para que no vuelva a suceder?

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