Asombrosofamilia

El verdadero marcador que debería preocuparnos por Javier García Camarena

 

Cada vez que termina un gran torneo, aparecen los mismos mensajes: orgullo, emoción, agradecimientos y la idea de que todo un país debe sentirse satisfecho por el esfuerzo de su selección.

Pero vale la pena hacer una pausa y preguntarnos: ¿qué fue exactamente lo que cambió?

Sí, México llegó más lejos de lo que muchos esperaban. Compitió con entrega y mostró carácter. Sin embargo, también quedó claro que todavía existe una enorme distancia futbolística entre nuestro país y las grandes potencias. La eliminación no fue una sorpresa; simplemente confirmó la realidad.

El problema nunca ha sido perder un partido.

El problema es cuando una derrota deportiva termina convirtiéndose en una victoria emocional que nos hace olvidar todo lo demás.

Durante días, millones de personas discutieron alineaciones, decisiones arbitrales, jugadas polémicas y oportunidades perdidas. Mientras tanto, el país siguió enfrentando exactamente los mismos desafíos de siempre.

La violencia no hizo una pausa.

Los hospitales no dejaron de tener carencias.

La economía no mejoró de un día para otro.

Miles de jóvenes continuaron buscando oportunidades que no encuentran.

Las familias siguieron enfrentando incertidumbre.

El silbatazo final cambió el resultado de un encuentro.

No cambió la realidad nacional.

Por eso es importante distinguir entre disfrutar el deporte y convertirlo en una especie de refugio emocional colectivo.

Ser aficionado es completamente válido.

Ser fanático hasta perder el sentido de las prioridades ya es otra cosa.

El fútbol puede unir, emocionar y generar recuerdos inolvidables. Nadie discute eso. Lo preocupante aparece cuando un espectáculo termina ocupando el lugar que debería tener la reflexión sobre los problemas que verdaderamente definen el futuro de un país.

La grandeza de una nación no depende del marcador de un partido.

Depende de la calidad de sus instituciones.

De la seguridad de sus calles.

De la educación de sus niños.

De la atención médica que reciben sus ciudadanos.

De la fortaleza de su economía.

De las oportunidades que ofrece a quienes trabajan todos los días.

La camiseta despierta emociones.

La ciudadanía exige responsabilidades.

No deberíamos confundir una cosa con la otra.

Amar a México no consiste únicamente en cantar el himno antes de un partido o celebrar cada avance de la selección.

Amar a México también significa exigir gobiernos más eficaces, combatir la corrupción, respetar la ley, participar en la vida pública y no conformarse con discursos que sustituyen resultados.

El pensamiento crítico nunca ha sido un acto de deslealtad.

Al contrario.

Las sociedades que progresan son aquellas que cuestionan, analizan y exigen, incluso cuando hacerlo resulta incómodo.

El conformismo sí representa un riesgo.

La indiferencia también.

Y la costumbre de distraernos mientras los problemas siguen creciendo puede terminar siendo aún más peligrosa.

No necesitamos emocionarnos menos con el deporte.

Necesitamos dejar de permitir que la emoción sustituya a la conciencia.

Los mundiales pasan.

Las celebraciones terminan.

Las tendencias desaparecen.

Pero los grandes retos nacionales permanecen esperando soluciones.

Ojalá algún día podamos celebrar una victoria mucho más importante que cualquier clasificación deportiva.

La victoria de un México con seguridad, justicia, crecimiento económico, salud, educación de calidad y oportunidades para todos.

Ese será el día en que el orgullo no dependerá de noventa minutos de fútbol, sino del futuro que fuimos capaces de construir entre todos.

Javier García Camarena

 

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